He pensado en “liquidación” como la palabra que puede recoger un nuevo intento por documentar el paso del tiempo. Así pasa: uno crece, envejece, colecciona deudas, responsabilidades y culpas, gana canas y kilos, y lo que se pierde es el poderío y el goce sobre el tiempo propio. Tiempo necesario para sentarse con los pies fríos y ponerse a pensar primero y luego, a veces al mismo tiempo, escribir algo. Desde hace tiempo es la idea de la retacería la que me llama la atención. Nada sustancioso ni que requiera, sí, de mucha atención. Pedacería, rebajas, cosas de bajo costo, una expulsión de lo que se va acumulando porque ya nadie quiere. A contracorriente de las paradójicas fuerzas culturales del día en cuestión, en que por un lado sólo tenemos fragmentos y a nada se le da el peso o el enfoque suficiente, y por otro lado es que atrapados en esa vorágine fractal en que nos vemos detenidos de seguir pensando y de hacer algo con aquello que creemos quisiéramos poder pensar. Entre más palabras menos sentido hacemos y sin embargo seguimos tecleando ante el vacío. Para variar, no sé si pueda mantener este ejercicio. He perdido la idea de cualquier audiencia que pueda leer esto, en este idioma y este medio, y le de algún tipo de gusto o uso. He perdido poco a poco mi lengua y mi propio tiempo. Como en toda escritura hay un riesgo y también una esperanza quizá con poco fundamento. La idea es escribir por el acto mismo de escribir. Y  nada más. Aunque de nada sirva, aunque nada se logre. Que ésta sea la primera parada. No puedo decir a ciencia cierta si habrá otras, pero que la liquidación comience de este modo, y que registro quede, aunque sea de esta nada que esto es.