En el pasado se te acababa el papel o la tinta. Se te atrapaban los dedos entre les teclas. La gente dormía y hacía ruido y tenías que callarte. El rodillo quedaba todo golpeado. Las letras en las teclas se iban borrando. El carrete rechinaba. La cinta se hacía churro. El corrector se corría sobre el papel o se convertía en un volcán donde el metal se hundía. Hoy los retos son otros. Excusas para no escribir siempre han existido. Te quedas igual que antes, paralizado frente al blanco vacío. Sobre esto escribimos y escribimos: el no poder. La literatura del no es un género: tan cool como las barbas aceitadas y las gafas de pasta. Así estamos en este impasse de la historia, sin avanzar, fracturados, congelados en el laberinto del word count y la expectativa. Se trata del miedo a desaparecer por no existir escrito. Quizá lo mismo le pasa a los vlogueros de hoy: si no existen en video, si no venden algo a alguien la vida no tiene sentido. Qué rápido se vuelve uno viejo y reaccionario. Algún día esta máquina de escribir será un vestigio de otro tiempo. Como nosotros, obsoleta. Nos vamos por el camino de todas las cosas viejas: a la basura.