Unstructured Data

Si uno presencia la vorágine de palabras en lo que ahora llamamos “las redes de hoy” pareciera que nunca antes se habían vertido tantas, tantísimas palabras. Por supuesto son muchas las revistas y diarios impresos que han cerrado, las librerías  y puestos de periódicos que se han quedado sin clientes gradualmente. A pesar de la popularidad de la imagen y del video (podemos ahora publicar un video en cosa de un par de minutos, cosa que hasta hace poco nos hubiera costado al menos media hora y varias desconexiones) la palabra escrita sigue en apogeo. Billones de caracteres por minuto publicados por quien tenga acceso a los medios necesarios. No se necesita, siquiera, saber escribir, ni tener tiempo para ello, ni buscar que la escritura sea oficio o profesión. Se escribe porque se puede y porque se está solo. No se escribe necesariamente larga y tendidamente, pero se escribe mucho, aunque sea de a poquito. De ver tanta escritura multitudinaria no sé si seamos muchos los que nos preguntamos y todo para qué: 17 años ya en el siglo XXI, ya llegando a su mayoría de edad el muchachito, y hay tanta voz, tanta tecla que la verdad hemos de escribir honestamente, oh desconocido lector (damita, caballero), que nos hallamos desmotivados. La mayoría de quienes pueden tienen los medios para escribir, pero siguen siendo unos cuantos quienes tienen lectores. ¿Qué fue de toda esa escritura en línea de los finales de los noventa, principios de los dosmiles? Afortunadamente en muchos casos queda rastro, un registro en una dirección que, si se conoce o se sabe cómo buscar, es posible reencontrar. En muchos casos lo que queda claro es la profunda fragilidad de la escritura en silicón, aunque en algún lado quede donde realmente ha quedado es en el olvido. ¿Para qué escribir, entonces, aquí, así? Todo parece indicar que a pesar de supuestas democratizaciones en los accesos a los modos de producción escritural siguen siendo los medios más tradicionales, los privilegios más viejos y conocidos los que se conocen y persisten. O será que se trata de ejercer un compromiso que por naturaleza los medios electrónicos (qué viejo suena el término ya) no permiten porque en su esencia y en su orgien está la fluctuación y la divagación, la interconexión, el accidente y el rizoma. El codex, impreso, con sello de autorización, con presencia, volumen, peso y costo tridimensional, avanza para adelante, a pesar de todo, como priísta dinosáurico. Por algo será. Nada a lo que nosotros le demos valor lo tendrá por sí solo. ¿Para qué poetas en tiempos de unstructured data? El algoritmo nos enterrará o hará visibles. El codex como base de datos estructurados es encontrable, comprensible, localizable en jerarquías conocidas y taxonomías inconscientes. No es que las repizas de librerías y bibliotecas no sean también cementerios. Ya ni a la gente se le sepulta entre raíces, familiares idos y estiércol germinante. Ya no cabe tanto muerto en el repositorio de restos de la tierra. Quemar a tanto cuerpo require de un proceso secuencial y organizado, pero a las cenizas se las lleva el viento. Aunque la brisa del mar nos las devuelva.

Impasse

En el pasado se te acababa el papel o la tinta. Se te atrapaban los dedos entre les teclas. La gente dormía y hacía ruido y tenías que callarte. El rodillo quedaba todo golpeado. Las letras en las teclas se iban borrando. El carrete rechinaba. La cinta se hacía churro. El corrector se corría sobre el papel o se convertía en un volcán donde el metal se hundía. Hoy los retos son otros. Excusas para no escribir siempre han existido. Te quedas igual que antes, paralizado frente al blanco vacío. Sobre esto escribimos y escribimos: el no poder. La literatura del no es un género: tan cool como las barbas aceitadas y las gafas de pasta. Así estamos en este impasse de la historia, sin avanzar, fracturados, congelados en el laberinto del word count y la expectativa. Se trata del miedo a desaparecer por no existir escrito. Quizá lo mismo le pasa a los vlogueros de hoy: si no existen en video, si no venden algo a alguien la vida no tiene sentido. Qué rápido se vuelve uno viejo y reaccionario. Algún día esta máquina de escribir será un vestigio de otro tiempo. Como nosotros, obsoleta. Nos vamos por el camino de todas las cosas viejas: a la basura.

Trayecto

¿Cómo sería la forma de un ensayo sin un tema? No ideas but in things, ¿sólo cosa del poema? ¿O es posible hacer de la pregunta sin objeto, la pregunta misma, la exploración sola, el devenir del tecleo, la idea misma? Una especie de disciplina para encontrarle el sentido a lo que pasa. Lo que pasa diario como una serie de cosas que no pasan: un acontecer de espacios en blanco. Esto es un cuento que ya he contado antes. Todas son viejas preguntas. ¿Para qué sirve esto, para qué sirve lo otro, para qué todo? La función del ensayo, ¿cuál es si no la de explorar su propia posibilidad? Pero en un mundo donde la opinión se maximiza y masifica, ¿dónde queda la escritura como devenir lúdico, como juego de ‘atención plena’, no en el objeto que describe, sino en su ejercicio mismo? Estas no son preguntas de investigación, research questions que obedezcan a hipótesis y que dicten la elección de una metodología. No se trata de un proyecto. Se trata de este ejercicio de la nada. Ya se hizo, ¿por qué volverlo a hacer? Para ver qué pasa con la mente, y con los dedos, con el lenguaje. Porque esto está en español, lengua materna que cada día dejo más y más en desuso oralmente, pero que intento, juguetonamente, seguir escribiendo. Un español que sólo existe en su mayoría para mí de forma escrita, pero que sólo, de algún modo, algunos días, vuelve a la vida -como coctel- sólo cuando puedo ‘hablarlo’, es decir cuando no se escribe. ¿De qué hablamos cuando no hablamos de nada, sólo por hablar, para usar la lengua que sin pensarlo heredamos al nacer? El resto es silencio o traducción. ¿Cómo sería la forma de un ensayo sin un tema?

Última parada

Imagino ésta como la segunda página de este libro imaginario. Me llega una fotografía digital de un féretro que unos hombres cargan a través de los torniquetes de una estación de la línea azul de la Ciudad de México. “Taxqueña”, se lee arriba del ataúd.  “No les alcanzó para la carroza”, me dice otro mensaje. No incluyo la foto por respeto. Me imagino la imagen de ese ataúd (¿iba lleno o vacío?) viajando por las venas subterráneas de la Gran Tenochtitlán. Un último viaje por el ultramundo. En fin, me imagino la fotografía del ser querido (ser querido) de alguien dándole la vuelta a los güatsaps de mexas alrededor del mundo. Y sin saber muerto de quién era. Hoy también tengo el mensaje de voz de un amigo cuya voz no escuchaba en unos 13 años. Su padre murió ayer y lo entierran hoy. En México no te esperan si tus seres queridos (¿quién habrá acuñado esa frase en el vocabulario mexicano? ¿Ser querido?) parten antes que tú. Si estás del otro lado del mundo, o en la playa en el mismo país, te los entierran o creman antes que puedas siguiera comprar un boleto para viajar. Es una cuestión de refrigeración, coincidimos. En México no hay cómo conservar tanto muerto. Al menos eso es algo que sí hacemos expeditamente en México. Mañana significa de verdad mañana si se trata de cremarte o enterrarte. No podemos con tanto difunto. Los muertos heredarán la tierra.

Primera parada

He pensado en “liquidación” como la palabra que puede recoger un nuevo intento por documentar el paso del tiempo. Así pasa: uno crece, envejece, colecciona deudas, responsabilidades y culpas, gana canas y kilos, y lo que se pierde es el poderío y el goce sobre el tiempo propio. Tiempo necesario para sentarse con los pies fríos y ponerse a pensar primero y luego, a veces al mismo tiempo, escribir algo. Desde hace tiempo es la idea de la retacería la que me llama la atención. Nada sustancioso ni que requiera, sí, de mucha atención. Pedacería, rebajas, cosas de bajo costo, una expulsión de lo que se va acumulando porque ya nadie quiere. A contracorriente de las paradójicas fuerzas culturales del día en cuestión, en que por un lado sólo tenemos fragmentos y a nada se le da el peso o el enfoque suficiente, y por otro lado es que atrapados en esa vorágine fractal en que nos vemos detenidos de seguir pensando y de hacer algo con aquello que creemos quisiéramos poder pensar. Entre más palabras menos sentido hacemos y sin embargo seguimos tecleando ante el vacío. Para variar, no sé si pueda mantener este ejercicio. He perdido la idea de cualquier audiencia que pueda leer esto, en este idioma y este medio, y le de algún tipo de gusto o uso. He perdido poco a poco mi lengua y mi propio tiempo. Como en toda escritura hay un riesgo y también una esperanza quizá con poco fundamento. La idea es escribir por el acto mismo de escribir. Y  nada más. Aunque de nada sirva, aunque nada se logre. Que ésta sea la primera parada. No puedo decir a ciencia cierta si habrá otras, pero que la liquidación comience de este modo, y que registro quede, aunque sea de esta nada que esto es.